Hermetismo · Serie II
Una Sola Luz, Mil Nombres
El Mapa Primordial de Todas las Tradiciones
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"Entonces vino la Palabra. Vino aquí junto a los Formadores, los Progenitores, en la oscuridad, en la noche. Habló con los Formadores, los Constructores, los Progenitores."
Popol Vuh · Cosmogonía maya · Siglo XVI (transcripción)
"La chispa del alma es más noble que el cielo y que todos los ángeles. Si el alma pudiera conocerse a sí misma como Dios se conoce a sí mismo, sería tan noble como Dios."
Meister Eckhart · Sermons · Siglo XIV
El artículo anterior estableció que el Evangelio de Juan y el Corpus Hermeticum —dos textos nacidos en el mismo siglo, en la misma región mediterránea, desde tradiciones que se pensaban separadas— convergen sobre una misma arquitectura cosmológica: una Luz primordial de la que emana un Logos, una Palabra, un Principio que da estructura al mundo. Filón de Alejandría, Plotino y el Tzimtzum luriano profundizan y matizan esa misma estructura desde ángulos distintos.
La pregunta que este artículo se propone responder es más incómoda: ¿es esa convergencia un fenómeno local, propio del mundo mediterráneo helenístico del siglo I? ¿O la misma estructura aparece, de forma independiente, en tradiciones que no tuvieron contacto entre sí?
I. La Palabra en el Popol Vuh
El Popol Vuh es el texto cosmogónico de los mayas quichés, transcrito en el siglo XVI por escribas indígenas poco después de la conquista española, a partir de una tradición oral y pictórica cuya antigüedad es imposible de determinar con precisión. No tuvo contacto con el Corpus Hermeticum ni con el Evangelio de Juan. Y sin embargo, su cosmogonía abre con el mismo movimiento.
En el principio, según el Popol Vuh, todo era inmovilidad y silencio. El cielo y el mar existían, pero no había nada que se moviera ni que hiciera ruido. Los dioses creadores —Tepeu y Gucumatz, los Constructores y Formadores— existían en ese silencio. Y entonces ocurrió lo que el texto llama simplemente: vino la Palabra.
No es una Palabra que Dios pronuncia hacia afuera. Es el momento en que los dioses se hablan entre sí, se consultan, se ponen de acuerdo —y de esa consulta, de ese intercambio de Logos, emerge el plan de la creación. La Palabra como el espacio de encuentro entre las inteligencias divinas que precede y hace posible el mundo manifestado. La estructura es idéntica: silencio, Luz/Inteligencia, Palabra, creación.
II. El Nur Muhammadí — La Luz de Ibn Arabi
Ibn Arabi, el gran místico andalusí del siglo XII, desarrolló en sus Futuhat al-Makkiyya y en los Fusus al-Hikam una cosmología que los estudiosos occidentales del esoterismo han comparado repetidamente con el neoplatonismo —sin que Ibn Arabi hubiera tenido acceso directo a Plotino. Su concepto central es el Nur Muhammadí: la Luz muhammadiana, la primera emanación de lo Absoluto, el principio primordial que precede a toda creación.
Para Ibn Arabi, lo Absoluto —Al-Haqq, la Realidad— es en sí mismo incognoscible e indeterminado. Pero tiene una tendencia interna hacia la auto-manifestación: quiere ser conocido. Esa voluntad de conocerse a sí mismo a través de sus propias manifestaciones es el motor de la creación. Y el primer destello de esa auto-manifestación —la primera forma que lo Absoluto toma antes de que exista nada más— es el Nur Muhammadí: la Luz primordial, el Logos islámico.
"Yo era un tesoro oculto y quise ser conocido, así que creé el mundo."
Hadith qudsi · citado por Ibn Arabi
Lo que Ibn Arabi hace con este hadith —de autenticidad debatida pero de enorme influencia mística— es exactamente lo que Filón hizo con el Génesis: toma un texto de su propia tradición y lo lee como descripción de la misma cosmología que el Corpus Hermeticum y Plotino articularon en griego. La Luz que quiere conocerse a sí misma. El Logos como primer acto de ese auto-conocimiento. El mundo como teatro de esa contemplación.
III. El Funkelein — La Chispa de Meister Eckhart
En la Alemania del siglo XIV, un fraile dominico llamado Johannes Eckhart —conocido como Meister Eckhart— predicaba en alemán vernáculo a monjas y laicos una teología que la Iglesia terminaría condenando póstumamente por herejía. El motivo central de su condena era precisamente lo que lo hace extraordinario: su afirmación de que en el fondo del alma humana existe algo que es, en su naturaleza más íntima, idéntico a Dios.
Lo llamaba el Funkelein: la chispa del alma. No una parte del alma que se parece a Dios, ni una porción que ha sido creada a imagen de Dios. Una chispa que es divina en el mismo sentido en que lo es su origen. Increada, porque lo que es verdaderamente divino no puede haber tenido principio.
La estructura hermética completa está presente en Eckhart: la Luz absoluta —la Gottheit, la Deidad más allá de Dios—, el Logos como primer acto de auto-conocimiento de esa Deidad, y el Funkelein como la presencia del Logos en el interior del ser humano. Eckhart fue juzgado porque decía, en alemán medieval, exactamente lo que el Poimandres dice en griego y el Zohar dice en arameo: que lo divino no está afuera sino adentro, y que la tarea espiritual es el reconocimiento de esa identidad.
IV. La Estructura que se Repite
Maya, islámico, cristiano medieval, neoplatónico, hermético, cabalístico. Cinco tradiciones, cinco contextos históricos completamente diferentes, cinco conjuntos de imágenes y vocabularios que no comparten familia lingüística ni contacto histórico directo. Y sin embargo, cuando se los coloca uno junto al otro, describen la misma arquitectura en cuatro movimientos:
1. Un origen absoluto, inefable, anterior a toda determinación —Luz, Vacío, Silencio, Lo Uno, Ein Sof, Al-Haqq, Gottheit.
2. Un primer movimiento de ese origen hacia sí mismo —auto-conocimiento, auto-contemplación, voluntad de ser conocido.
3. El Logos, la Palabra, la Luz emanada, como primera forma que toma ese movimiento —mediador entre lo absoluto y lo manifestado.
4. El ser humano como portador de ese Logos en su interior —chispa, imago Dei, Funkelein, atman, Luz primordial encarnada.
Esto no prueba que todas las religiones digan lo mismo. Hay diferencias doctrinales enormes y consecuencias prácticas completamente distintas entre estas tradiciones. Lo que sí sugiere es que cuando la mente humana lleva la pregunta cosmológica hasta sus límites —¿de dónde viene todo?, ¿qué soy yo en relación a ese origen?— tiende a llegar a la misma estructura.
El tercer y último artículo de esta serie llevará esta estructura hasta su consecuencia más radical: si el Logos es el principio que estructura el cosmos, y si esa misma Luz está presente en el interior de cada ser humano, ¿qué significa eso para la comprensión de la conciencia, de la cosmología contemporánea y de la práctica espiritual?
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Verónica CM · Alquimista del Ser
La Voz de Arcana · arcanavcm.blogspot.com
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